Si nadie compró miradas bonitas no es mi culpa. Tal vez yo podría vender la mía algún día; seguramente tarde o temprano deje de necesitarla. Si no supisteis dónde ir a comprarlas tampoco es problema mío. Mi mirada no mira todo lo que debería, no os penséis que es perfecta, pero, al menos mira todo lo que deseo; sí, vale, aunque no deba hacerlo.
(PARÉNTESIS NECESARIO)
Esas dos cabezas de marfil se aburrían constantemente.
Mi mano nunca intentó acariciar a una mosca.
La fascinación de la alucinación prematura siempre supo reírse de mi.
Aquel marco viejo lloraba todas las noches por no tener foto a la que abrazar.
Quise creer que podía hacer que ella dejase de mojar nubes tras su café de las doce.
La mar pintaba sus mejillas con el amor de un marinero borracho.
Mis palabras no aprenden el significado de los versos que derramo tras dos horas de sueños desangrados.
El amor espeso jugó con lo efímero una vez más.
Pinto caracoles rojos para que el cuervo se fije en mi.
Dormir bajo un árbol con cientos de cristales rotos apenas duele cuando sabes que al día siguiente el árbol dejará de existir.
Susurro a los pasos perdidos en la mancha tardía con la amargura de unos labios engranados.
Y me da igual que no encontréis sentido a nada.
(CIERRO PARÉNTESIS NECESARIO, DISCULPEN LAS MOLESTIAS)
Y como decía, no tengo la culpa de que
las miradas de la gente apesten. Y no, nunca compré la mía. Y no, nunca podréis
comprar las vuestras.
Siento un vació frívolo al pensar que nadie es capaz de mandarme callar a destiempo; mi corazón se abochorna cuando alguien hace el ridículo intento de llegar a mi; mi corazón, sí, mi corazón es tan independiente que apenas ve necesario sentir nada por nadie; mi mente se ríe de ello y mis ojos no saben llorar por ello.
Y decir blablablá nunca fue tan acertado como ahora.
Y alguna mañana caramelizada descubriré lo que nadie descubrirá jamás.
Y no beberé más de palabras rotas que la noche incierta me ofrece con esa sonrisa torcida llena de malicia, llena de deseo, llena de espesura grisácea putrefacta. Al final, todo se transforma en eso, en mañanas caramelizadas.
Y, no, nunca venderé mi mirada. Nunca pondré precio a lo único que tengo. Y no, tampoco la dejaré prestada a nadie, porque, sé que si lo hago, no me la devolverán jamás.
Siento un vació frívolo al pensar que nadie es capaz de mandarme callar a destiempo; mi corazón se abochorna cuando alguien hace el ridículo intento de llegar a mi; mi corazón, sí, mi corazón es tan independiente que apenas ve necesario sentir nada por nadie; mi mente se ríe de ello y mis ojos no saben llorar por ello.
Y decir blablablá nunca fue tan acertado como ahora.
Y alguna mañana caramelizada descubriré lo que nadie descubrirá jamás.
Y no beberé más de palabras rotas que la noche incierta me ofrece con esa sonrisa torcida llena de malicia, llena de deseo, llena de espesura grisácea putrefacta. Al final, todo se transforma en eso, en mañanas caramelizadas.
Y, no, nunca venderé mi mirada. Nunca pondré precio a lo único que tengo. Y no, tampoco la dejaré prestada a nadie, porque, sé que si lo hago, no me la devolverán jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario