domingo, 20 de mayo de 2012

Como experimentar en un laboratorio con un orgasmo.


Así podría decirse que fue.
Mover sus dedos con lentitud para observar la grandeza de lo pequeño no le sirvió en absoluto.
Solo le quedaba experimentar con lo inexistente.
Realmente resulta gracioso esto, porque, bueno...nunca tuvo nada, salvo cosas inexistentes. Y ni eso...ya que esas cosas a menudo le abandonaban con risotadas camufladas entre lentes opacas.
Peeeeeero (continúen como les plazca).
...
Y el orgasmo se alejó y ella sonrió para así poder abrazar esa mirada burlona fuerte entre sus brazos, de forma que le fuese imposible ser vista ni por el ojo más grande del mundo.
...
Y se quedó cubierta de (¡ni la mirada misma podría mirarse así misma! así misma, misma, mismamismamismamismamisma) de...qué diablos, se quedó cubierta de ella misma. Pringada en su ser. ¡En su maldito y perfecto ser!
Eso le gustó, y por fin comprendió y aceptó que el orgasmo había terminado. Pero no el orgasmo de su vida.
"Bienvenido, nuevo orgasmo, ya no necesitaré más este laboratorio mugriento".

Hoy me mordí...


...y me excité más que yo.
Y tú te excitaste más que tu.
Y él se excitó más que él.
Y cosas de esas que no tienen sentido para nadie más que para mí (pero que para mí no tienen sentido).

Despertó su fatalidad y no quiso marchar. Los gritos de aquella sonrisa perdida bofeteaban su mirada como si nunca hubiese estado perdida. La mano de su sexo agarró las faldas de la locura para pedir que tocara un ratito más. Sí, tan solo un ratito más.
(...)
Y ahora bien, atiendan de una vez.

Ella no tiene nada que entregar a nadie. Ella solo ama el amor efímero. Ella se desespera cuando los trapos de la conciencia de otros la observan. Ella nunca fue ella y a la vez nunca dejó de serlo. Ella no espera que las arrugas de un abrazo a destiempo la salven de nuevo. Ella...ella se cansa de verse reflejada en trozos de madera.

Pueden dejar de prestar atención, de veras.
(...)
Las sábanas de la felicidad volverán a arroparla. No todas las palabras vertidas en aquella bañera permanecieron más de tres minutos en su memoria. Los chillidos de su pestañeo nocturno le confirmaron lo que siempre había sospechado. El mechón intentó sobrevivir un rato más junto a su mejilla. Y...y nada más.

Bueno, miento.
Y tras dormir acariciándose a sí misma comprendió que era el momento de existir. Nadie, absolutamente nadie, existía tanto como ella.

No soy lo que busca nadie.
(...)
Por eso mismo algún día alguien me buscará hasta la saciedad.

Como amor la ataraxia.


Se encontró cuando se descubrió a sí misma descubriendo que nunca se encontraría.

No, no conozco el significado de mis manos.
Busco en la espesura de tu ser lo que nunca, NUNCA llegaste a ser.
Recorro tu vientre con una sonrisa incierta.
Miro tu mirada mientras deshago la mía.
Compongo caricias sin melodías.
Me fumo tus besos cuando la noche me da la espalda.
Toco tu cuello hasta escuchar el susurro de tu piel en mis párpados.
Me divierto cuando no eres capaz de pedirme que pare.
Paro cuando...bah, qué demonios, nunca paro.
Y sentir que soy la persona más horrible de este maldito mundo me resulta orgásmico.
Muy orgásmico.
Extremadamente orgásmico.
Dios, orgásmico de veras.
Y saber que nadie entenderá el por qué de ninguna de estas palabras me recuerda que apenas sé quién soy.
Y no saber quién soy me hace sentir más cerca de mí misma de lo que nadie lo estará nunca de sí mismo.
¿Debo abrir otro paréntesis en este instante o suprimo mi genialidad pasada?
Pse...Tumbada, sí, tumbada junto a momentos oxidados comprendo que soy una mujer chifladamente cuerda, o cuerdamente chiflada. Si me permiten, me quedo con la segunda opción, y si no me lo permiten, también.
No soy capaz de comprender nada más.
No quiero hacerlo.
O sí quiero.
O no.
¿Y qué?
Calla.
¿Quién?
Maldita sea, no solo los momentos se oxiden, se ve.
Menuda insinuación a destiempo más insinuosa, querida.
¿Quieres un café para terminar de sentirte del todo fracasada?
Bah, me conformo con ir en ropa interior y con llevar carmín barato en los labios.
Como quieras.
Perdón, como quiero.
Perdonen, recuerden que no tengo muy buena opinión de mí, y, además, esta noche odio los guiones. Bueno, no lo recordéis; es mentira.
Me gusta mentir. Sí.
Y...en fin, qué hago si no puedo dejar de insinuar que tengo un bonito cruce de piernas allá donde voy.
No puedo dejar de sonreír cuando no debo.
Pestañeo al espejo mientras pienso cómo hacer para que te sonrojes una vez más. Tan solo una vez más, de veras.
Te grito indecencias bajo la lluvia mientras la gente nos mira con desaprobación en la nariz; y te las susurro bajo tu sábana.
Y sobra decir que la lluvia no cohíbe a mis susurros.
Y también susurro al grito que desciende por mi pecho para así poder escuchar lo que no tiene que decir y poder recordar lo que aún no ha dicho.
Y veréis, hoy he decidido que esos viejos versos ya no me arropan. Quizás mañana vuelvan a hacerlo. Quizás nunca.
Quizás necesite hacer el amor con ellos una vez más. O tal vez debería arrancarles las palabras temblorosas que luchar por no descolgarse y sobrevivir entre la contaminación de las cuerdas de mi mente.
Pero qué se yo.
Es posible que un café no me siente mal después de todo.


Igual los momentos puedan convertirse hoy en recuerdos de algo que nunca sucedió.
Igual aún no he comprendido la diferencia entre sonrisa y llanto.
Igual la fatalidad de lo anterior a lo anterior a lo futuro espera desafiante mi salida de aquella caracola amarilla para así poder cruzarse de brazos y decirme "te lo dije" una vez más.
Igual no encuentres nunca un sentido a estas palabras.
Igual...bah, igual no debería escribir cuando no tenga nada que decir, o tal vez debería callar cuando tenga todo por gritar.
Y de nada sirve esto.
Y sé que los momentos ya no existen para mí.
Y no pienso buscarlos, ya que ellos me buscan a mi constantemente sin poder atraparme entre sus brazos.
Y quién sabe si con un susurro cerca de mi cuello todo podría cambiar.
Y a callar se ha dicho.

Si nadie compró miradas bonitas no es mi culpa. Tal vez yo podría vender la mía algún día; seguramente tarde o temprano deje de necesitarla. Si no supisteis dónde ir a comprarlas tampoco es problema mío. Mi mirada no mira todo lo que debería, no os penséis que es perfecta, pero, al menos mira todo lo que deseo; sí, vale, aunque no deba hacerlo.

(PARÉNTESIS NECESARIO)

Esas dos cabezas de marfil se aburrían constantemente.
Mi mano nunca intentó acariciar a una mosca.
La fascinación de la alucinación prematura siempre supo reírse de mi.
Aquel marco viejo lloraba todas las noches por no tener foto a la que abrazar.
Quise creer que podía hacer que ella dejase de mojar nubes tras su café de las doce.
La mar pintaba sus mejillas con el amor de un marinero borracho.
Mis palabras no aprenden el significado de los versos que derramo tras dos horas de sueños desangrados.
El amor espeso jugó con lo efímero una vez más.
Pinto caracoles rojos para que el cuervo se fije en mi.
Dormir bajo un árbol con cientos de cristales rotos apenas duele cuando sabes que al día siguiente el árbol dejará de existir.
Susurro a los pasos perdidos en la mancha tardía con la amargura de unos labios engranados.
Y me da igual que no encontréis sentido a nada.

(CIERRO PARÉNTESIS NECESARIO, DISCULPEN LAS MOLESTIAS)

Y como decía, no tengo la culpa de que las miradas de la gente apesten. Y no, nunca compré la mía. Y no, nunca podréis comprar las vuestras.
Siento un vació frívolo al pensar que nadie es capaz de mandarme callar a destiempo; mi corazón se abochorna cuando alguien hace el ridículo intento de llegar a mi; mi corazón, sí, mi corazón es tan independiente que apenas ve necesario sentir nada por nadie; mi mente se ríe de ello y mis ojos no saben llorar por ello.
Y decir blablablá nunca fue tan acertado como ahora.
Y alguna mañana caramelizada descubriré lo que nadie descubrirá jamás.
Y no beberé más de palabras rotas que la noche incierta me ofrece con esa sonrisa torcida llena de malicia, llena de deseo, llena de espesura grisácea putrefacta. Al final, todo se transforma en eso, en mañanas caramelizadas.
Y, no, nunca venderé mi mirada. Nunca pondré precio a lo único que tengo. Y no, tampoco la dejaré prestada a nadie, porque, sé que si lo hago, no me la devolverán jamás.



Se rompió. Era evidente que tenía que pasar tarde o temprano. Era un zapato de cartón. ¡De cartón! Sí, como esas cajas risueñas que salen a patadas de los sitios donde viven cosas pesadas; sí, esas cosas pesadas que huelen a periódicos viejos. ¡Exacto!
Pero paren un instante, por favor; lo único que de veras importa en este rectángulo vital es el zapato de cartón.
Ella sabía que era débil; sabía que algún día se mojaría bajo la lluvia. Y si no hubiese sido así, alguien se habría encargado de comprar un punzón amarillo en aquella tienda desgastada y corrompida por los pájaros del pasado.
Cuando salió a la calle, observó la sombra azulada del gato de su vecina coja y de veras que intentó contener la risa, pero no, no pudo. Era una sombra tan retorcidamente azul y...en fin, el gato era tan ridículamente grande que...
Una sombra azul de un ser gatuno gigante... ¿quién no se reiría? Vale, nadie se reiría. Solo ella sabía ver ese tipo de cosas. Solo ella podía llevar un zapato de cartón en su mochila.
La vecina coja miró a la jovencita con desaprobación en la nariz y la jovencita se encogió de hombros porque las narices enfadadas le daban miedo.
Comenzó a correr calle abajo hasta que recordó aquel sueño que nunca tuvo en el que corría calle abajo hasta recordar un sueño que nunca tuvo.
Al final de la serpiente de asfalto estaba ése chico tan repelente.
Se burló de ella cuando ésta sacó de su mochila el zapato de cartón.
Ella sonrió porque sabía que en el fondo se moría de ganas de pintar girasoles verdes en el zapato.
-Pinta un girasol- casi le ordenó la joven ofreciéndole un tronquito verdoso que hacía las veces de objeto escolar, o lo que sea.
-¿Por qué iba a hacerlo?
-Porque te mueres de ganas de subir la calle conmigo.
El chico repelentoso cogió el objeto verdoso y pintó en la solapa de cartón un girasol perfecto.
Ella bostezó y gritó:
-¿Eres tan aburrido siempre?- a continuación pintó al perfecto girasol un bigote de pez y una cola escamosa de señor malhumorado.
-Nada de lo que dices y haces tiene sentido- escupió más que dijo aquel ser vivo pululantemente repelente.
La jovencita se mordió un brazo y evidentemente comenzó a llover.
Y no merece la pena contar lo que pasó después.
El zapato de cartón se mojó, claro, pero eso ya lo intuíais todos ¿verdad?
Pues...siento decepcionaros. El zapato de cartón tuvo un sueño mientras las gotas le violaban sin atreverse a correrse (ninguna de ellas, de veras) y bueno, digamos que en ese sueño él se transformaba en un girasol verde y...vale, no, realmente no tuvo ningún sueño... ¿Por qué seguís leyendo? ¿Acaso os parece serio leer el sueño de un zapato de cartón?
A ella sí se lo parece, pero ella no necesita leer esto, ya que ya lo sabe todo.

El odio se corrió en el vientre de eso a lo que llaman amor.


Mi ser tiene más esquinas de las que debería tener, y a veces no soy capaz de reconciliar a dos emociones enfadadas. Realmente una emoción no es nada; de veras, no lo es y por ello es absurdo reconciliarlas entre sí ya que las manos de mis pies no saben acariciar nada bien por las noches y, es evidente que eso es así por la falta de ocurrencias sentimentales.
Debo estar enloqueciendo, pero eso carece de importancia para unos ojos que ven más de lo que sienten, unos ojos que son capaces de ver una emoción enfadada pero no son capaces de sentirla. Pero ¡vaya! ¡si las emociones no son nada! ¿quién está loco de veras? Estúpida pregunta ingenua...la única loca soy yo, y tal vez la que ha dicho ahí arriba que una emoción no es nada, creyendo tener la exclusiva mundial.
Venga, esto es absurdo, esa era yo, la de ahora soy yo, y la que hace preguntas estúpidas a mis dos yo, también soy yo. Por favor, necesito saberlo ¿quién está más loca de las tres?
Oh no, acabo de meter a otro yo; esta vez se trata de un yo asustadizo, impaciente e irritado.
Háblame, yo irritado; seduce las palabras de mi mente con tu sonrisa incompleta, juega con las otras tres niñas, asómate al balcón de tu miedo, cuenta historias a aquellos que nunca pusieron nombre a un peluche viejo y tuerto, convénceme de que las emociones existen y pueden enfadarse entre sí. Dime algo.
Ahora tú eres el yo irritado e impaciente. No necesito decirme nada, salvo que los peluches tuertos lloran por las noches.
Pero no quieren hacerlo. ¡Pero sí quieren!
Ahora lo tengo claro; un lapiz incorpóreo puede enfadarse con otro lapiz incorpóreo, pero el amor no puede enfadarse con el odio, es más, el amor y el odio hacen el amor día tras día, pero eso...eso nadie lo sabía.

¿Y qué queda?

Una niña se ha roto el vestido de canela, otra ha manchado su rostro fundido, y otra ha tirado aquel broche arrugado que un día le regaló un hombre sin sombrero.
Todas sonreían.

Y, bueno, había otra niña. Una niña que miraba con descaro a una pareja desnuda.
Ella no sonrió.





Y hoy las sombras igual dejen de ser sombras. Igual pueda aferrar la mano incorpórea de mi mente para demostrar que mi sombra siempre tuvo sentimientos. Quién sabe nada. Quién sabe quien soy yo.
La melodía de otro ser me aprieta contra él mientras pienso y medito acerca de lo mucho que ha hecho por mi aquel loco llamado Leopoldo María Panero.
La irritación de la mañana mojada sonríe cuando me dejo caer en un montón de hierba que nadie nunca tocó.
La pierna juguetona se divierte al contemplar el zapato de tacón que alguien algún día quitará en medio de una erección.
Y vuelven a mi mente esas sombras que igual hoy dejarán de ser sombras, y la mano incorpórea de mi mente. Y sobre todo, vuelvo yo a mi mente, como un recuerdo borroso por el que miles de sombras perderán todo lo que una sombra pueda perder.

Andrea tiene sueño, se entiende.




Nunca pensó que las sábanas de seda fuesen para ella; nunca supo apreciar aquel manto negro sin cuerpo que llamaba a su ventana cada noche; siempre se burló de las estrellas y siempre envidió a la luna.
Solía dormir abrazada a palabras desgastadas. Se sentía arropada por versos por los que nadie dedicaría ni un segundo.
Sonreía cuando dejaba una marca de carmín en la mejilla de alguien y se entristecía cuando las nubes no le ofrecían la forma que ella buscaba.
Era rara, imperfecta, incapaz de mantener una conversación refinada, era descarada y sus pensamientos eran tan indecentes que a menudo hacía caídas de párpados a quien no los merecía.
Era muchas cosas, o quizás no era nada, o tal vez era tantas cosas que su vida hacía un efecto inverso.
Se estremecía constantemente por cosas sin importancia.
Cogía hojas de los arbustos e imaginaba historias fantásticas con ellas.
Observaba a la gente que pasaba por su lado pensando que sus vidas eran dignas de la más bonita pieza musical jamás creada; pensaba que su vida no sería digna de recordar y a la vez pensaba que nadie podría olvidarla aunque quisiera.
¿Y sabéis qué? Éste escrito es absurdo porque es fruto de un estado de excitación elevado mal llevado y mañana seguramente...mañana seguramente no tenga sentido.


Subió las escaleras de miel y lo único en lo que pensaba era en que quizás encontrar una puerta al final de las mismas resultaría demasiado convencional. Sabía, no sin cierta mofa personal, que se sentiría decepcionada en cuestión de pocos minutos y por ello decidió pensar en el verdadero sentido del tiempo, compuesto de minutitos saltarines, horitas risueñas y segunditos trotamundos.
Sonrió abiertamente en mitad de las escaleras azucaradas. No continuó excitando a sus piernas. Simplemente no lo hizo.
Sería genial encontrar una llave gigante al final de las escaleras; una llave que se abriese con otra llave. En fin, las puertas son para fracasados ¿no?

Y ahora minutos musicales para el perro de al lado.

Recorro mi pelo mientras miro cómo la bombilla lucha por mantenerse con vida.
Sonrío y me entran ganas de decirle que por mucho que lo intente, acabará apagándose para siempre. Pero entonces, de pronto, ya no me hace gracia; dejo de sonreír. Si la bombilla se apaga, me quedaré a oscuras.
Y así de egoísta soy. Me preocupa más el hecho de quedarme a oscuras que el hecho de que la pobre bombilla deje de iluminar para siempre.
Y éste estúpido suceso me sirve para exclamar al mundo lo mucho que me preocupa el miedo y lo poco que me preocupa la muerte. La gente suele unir los dos términos; la gente no sabe separar la maldita bombilla de la maldita oscuridad y, creo, que si mis facultades mentales no me fallan, son dos términos perfectamente diferenciables.
Pero claro, no todo el mundo usa bombillas de tan baja calidad...Ese será el motivo de que la gente no haya llegado a esa conclusión, eso, o que mi chifladura desencadenada en un repentino amor por los objetos inertes me hace ser más existencialosa que nunca. Existencialosamente existencialosa, y quien diga que esa palabra no existe, que pruebe a finalizar las palabras en “osa”, verá el vicio pedante que provoca.
Como decía, recorro mi pelo lentamente, sentada en el distante suelo de una habitación que hacía años se me antojaba mucho más pequeña.
Quizás debería ponerme algo más de ropa, o quizás debería terminar lo que he empezado; quizás debería asomarme por la ventana y sonreir a las patitas apresuradas de la calle. Seguro que se escandalizan, seguro que mi sonrisa se vuelve más enigmática que nunca. Seguro que alguien me guiña un ojo.
Ahora me apetece salir a la calle y pedir a gritos que alguien me guiñe un ojo...
Tengo un espejo enfrente de mí y, creo que debería mirarme todo lo que pueda antes de que la bombilla deje de iluminarme. Tengo que conocerme antes de que la oscuridad se apodere de mí.
Me miro y continúo tocándome el pelo delicadamente, mientras me muerdo el labio inferior con restos de carmín.
Lo soy; soy enigmática. Me siento como aquel personaje que creé hace tiempo que se masturbaba pensando en sí mismo. Me prometí a mí misma escribir algo acerca de aquel individuo salido de mi mente, y, hasta el momento lo único que he conseguido son varios versos sueltos y malos acerca de él. Los leo a menudo y son tan horribles que, vaya, creo que me he enamorado de ese individuo narcisista...A veces pienso si sería buen amante, hasta que caigo en la cuenta de que no existe; entonces me pongo triste.
No me conozco. No como me gustaría. Creo que aunque la bombilla se mantuviese con vida años y años, no acabaría de conocerme. E igual ahí reside lo bello de la vida, en no conocernos nunca lo suficiente.
Continúo mirándome al espejo y noto cómo la euforia de hace unos segundos desaparece rápidamente.
Vaya, parece que por fin la bombilla está a punto de dar paso a la oscuridad...
Me resulta graciosa la imagen que el espejo me ofrece. No soy nada, pero, a la vez nadie es más que yo. Nunca fui buena en nada, solo lo fui clavando uñas y mordiéndome el labio inferior; ni siquiera sé pintármelos bien.
No soy y soy a la vez. Ya no me apetece acariciar mi pelo divertido y revoltoso.
Me guiño un ojo a mí misma y suelto una breve risotada infantil.
Ya no quiero mirarme más, no lo necesito.
No hay bombilla; nunca la hubo. Era de día y, la habitación estaba bien iluminada.
Las metáforas a veces resultan divertidas.



Un hombre de traje azul caminaba de un lado a otro comprobando que los arbustos no rompiesen los moldes de lo que convencionalmente se entiende por "arbustos", una mujer de amplia sonrisa llevaba a merendar a su hijito, mientras le prometía que tras ello darían otro mini-paseo...Y...bueno, el pequeño parecía tremendamente feliz por ello, aún cuando...no, no importa...Continuo, un señor abastonado pensaba en hacer fotos con una cámara más grande que su cabecita despoblada, una joven estirada caminaba resuelta olvidando que hasta hacía poco tiempo su única preocupación había sido caer bien a unas personas que jamás harían nada por ella, un perro daba vueltas de un lado a otro con impertinencia y cierta mofa perruna en su mirada y...Y bueno, también había una chica sentada en un muro, apoyada en una valla cuyos barrotes estaban siendo violados por unos viejos trozos de tela; ésa chica miraba atentamente al hombre de traje azul, a la mujer con su hijito, al señor abastonado, a la joven estirada, al perrito enigmático...Y nada de ello le reconfortaba, nada de ello consiguió que estuviera más de veinte minutos allí sentada.
Me levanté del muro, dejando atrás la valla violada y, lo único en lo que pude pensar es en aquel niñito feliz por volver a dar otro paseo aún cuando payasos, cisnes, calabazas, tazas gigantes y caballitos de mar habían sido devastados por las llamas.

-Señorita Raimbault, deje de matar versos bonitos, deje de pensar que su vida es una novela de un escritor fracasado que jamás supo querer a su perro, deje de imaginar notas musicales en mentes ajenas, deje de caer rendida ante miradas que no necesitan palabras. Si quiere dejar de ser usted, señorita, deje todo eso. ¿Tiene algo que decir?
- El otro día hice un puente con un hilo a un caracol diminuto ¿eso le resulta interesante?
-Realmente no.
-Era diminuto y parecía feliz.; feliz del todo.



Él se reía con tranquilidad mientras la pequeña niña lloraba por dentro llena de impotencia.
Para ella todo se resumía en que él se le acercase y le diera un beso en la mejilla.
Él, por su parte, no pensaba dárselo, simplemente no le apetecía.
Ella lloró y el niño se rió con más ganas.
-¿De veras es importante para ti?
La niñita no contestó y se limitó a pensar en ello.
¿Realmente un simple beso importaba? Igual no, pero, igual en ése momento era lo que ella deseaba; igual esa falta de cariño estaba inmersa en una capa de pequeños momentos cercanos que no acababa de comprender.
Él seguía riendo y miraba a la pequeña con indiferencia, esperando a que ella contestara; bueno, miento, realmente no importaba mucho lo que ella contestara, ya que sabía de antemano que diría alguna estupidez y que lo único que conseguiría era cabrearle.
La pequeña era consciente de ello, por lo que se limitó a sonreir ampliamente y sin dudarlo dijo:
-Lo que necesito es una piruleta. ¡Hasta pronto!
Él se quedó mirando cómo se marchaba, y no logró comprender el significado de ésas palabras hasta que dibujó un cocodrilo en su cuadernillo de gramática.