viernes, 25 de octubre de 2013

El invisible abrazo de la mar

El cántico de las olas empujaba la brisa hacia la cara del señor, que sentado en la arena ignoraba la humedad de ésta.
Cada mañana acudía a la llamada de esa brisa perfumada sutilmente por un coro sin fin de criaturas marinas. Podía notar la esencia del mar abrazándole con delicadeza y maternal cariño.
Siempre pensó que la mar era la madre de todas las lágrimas. Lágrimas de tristeza y alegría que solo podían ser acunadas por una madre bonita e inmensa. Con este pensamiento, el señor de trasero húmedo por la arena, comenzaba un viaje cuyo transporte eran sus manos y cuyos pasajeros eran sus sentidos; viaje hacia el interior de esa húmeda y cosquilleante arena.
Le gustaba repetir esta acción cada mañana, ya que era cuando los granitos aún dormían envueltos en sus mantas formadas por otros granitos. El señor les despertaba acariciándolos con ternura con la nave tripulada por sus sentidos. Sentidos que se pegaban a las ventanas con alegría para ver y sentir a partes iguales.
El cantar de las gaviotas suplicaba sus minutos de protagonismo, obsequiando al señor cada día con una balada lenta y tranquila, cuyos coros eran las olas del mar llevando pentagramas espumosos a la orilla, para luego partir de nuevo.
Cuando el viaje y la música acababan, el señor se incorporaba y caminaba hacia la orilla para recoger las notas que los espumosos pentagramas habían dejado a su paso.
Conchas redonditas y ovaladas, de textura áspera y nostálgica, como una pizarra vieja, gastada por miles de tizas ansiosas por dibujar cosas que jamás existirían.
El señor recogía decenas de notas ásperas para luego llevárselas a su nieto, quien le compensaba con el regalo más bonito de todos: una risa repleta de alegría e ilusión. Poco más necesitaba para ser feliz. No necesitaba ver para sentir, ni vista para ver. Solo le hacía falta que el telón de la mañana se abriese cada día, y el aplauso final de la representación, transformado en la risa de su nieto.
Cogió su bastón para poder percibir el camino de vuelta a casa, sintiendo un escalofrío por toda su alma, provocado por la inmensidad de la brisa, el olor del mar, el cantar de las gaviotas, las conchas de su bolsillo…
Mientras, otro señor pasó por su lado, ajeno a todo, exclamando malhumorado que sus zapatillas se habían ensuciado.
-Mira por dónde vas-dijo entonces el señor ciego al hombre de las zapatillas. Y siguió caminando, sonriendo.

martes, 13 de agosto de 2013

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Cada noche daba el grito de salida para que sus recuerdos le acompañaran. No se sentía arropada por ellos, es más, le ofrecían almohadas heladas y sábanas de cristal. Pero, los necesitaba cerca para que la luna y las estrellas no se burlasen de ella y sus lentos parpadeos. Párpados carceleros de lágrimas criminales.
Enfrentaba un pie con el otro desde su cama a la vez que el telón de sus recuerdos subía.
Reía para que esos momentos del pasado no se aburriesen de ella y decidiesen marcharse para siempre. Conspiraba con los labios de la locura para que lo ilógico diese paso de una vez. Se cruzaba de brazos ante la incorporeidad del silencio y, saltaba en su desgastado colchón hasta que el telón bajaba, recordándola que por mucho que lo intentase, nunca un salto le llevaría hasta esos mechones que no hace mucho le daban los buenos días, iluminados por el primer rayo del sol.
Y cada noche gritaría, sí. Hasta que él apareciese a su lado para taparle la boca con un beso,  diciéndole que dejase dormir por esa noche a los actores de la función de sus recuerdos.
 El telón no subiría hasta que él marchara.

sábado, 6 de julio de 2013

Miau.



Sus orejas incitaban al desconsuelo de mis lágrimas. Se movían despacio con un desdén que no pretendía ser disimulado. Me resultaba entrañable su indiferencia y a la vez ésta era la causante de que todos los días hubiese invitaciones al llanto en el buzón de mi corazón. O al buzón de mi mente. Qué más da. Corazón y mente eran solo dos hermanos enfrentados a los que ya hacía tiempo había abandonado por no poder reconciliarlos. 

Me miraba impasible con sus patitas pobladas de pelo espeso y me acariciaba insultante con sus canicas azuladas.

No esperaba nada de él y él no esperaba nada de mi. Él no me pertenecía y yo no lo pertenecía a él. Es más, ni siquiera me había molestado en ponerle nombre en todos estos años. No vivía conmigo y yo no parecía ser digna dueña para él. Pero, por alguna extraña razón siempre aparecía contoneando su discreción cuando me lanzaba hachas invisibles en la oscuridad del día.
En cambio desaparecía ante la claridad de la noche.

Su mirada era como la mía. Una mirada que no buscaba nada, ya que todo lo había buscado ya. Una mirada que me recordaba a la canela aún siendo más profunda que el azul de mis sábanas.
No incitaba a sus patitas ni siquiera cuando yo tiraba una y otra vez las llaves de la celda de mis palabras.
Únicamente nos observábamos. Gritábamos silencio. Ocultábamos emociones que no existían. Sonreíamos tristeza y llorábamos alegría incorpórea.
No iba a alejarse de mi, ya que no podía alejarse de sí mismo, y yo no iba a alejarme de él, ya que no tenía el valor de buscar canicas pululantes entre el asfalto y la polución de los sentimientos de otros.

Él continuaba ahí, con su manto de pelo grueso y espeso. Con sus bigotes que hacían las veces de puentes para pequeños insectos que querían conocer mundo. Impasible ante mis lágrimas. Derrumbado por mis vagas sonrisas.

viernes, 5 de abril de 2013

El viento no perdió la oportunidad de abrazar mi cabello cuando aparecí detrás de tu fragilidad.
Y entonces caíste dentro de mi mirada. Hiciste autostop para llegar a mis caricias. Navegaste en una cáscara de suspiros para tocar mi sexo. Fingiste volar subiéndote a un árbol inexistente para robar una bajada de tirantes de mi camisón. Gritaste al silencio para crear un sentimiento que aún nadie había sentido. Saltaste por la luna de mis ojos para cortar una rosa a mis miedos y así regalársela a mis deseos.
Hiciste muchas cosas.
Pero nunca fuiste viento.

miércoles, 3 de abril de 2013

Hacer el amor para luego deshacerlo.

Mis pasos se vieron sorprendidos por el tic tac del reloj. Descendí la mirada casi obligada por los gritos que arropaban mis entrañas con recuerdos apagados.
La espiral de besos pasajeros abofetearon mis labios dejando en ellos un leve sabor a canela.
Desabroché mi vestido y me miré no sin cierto recelo en el espejo cuyo cristal estaba siendo violado por centenas de hilos de mimbre. Todo opaco. Mi reflejo me devolvió tu mirada vertiginosa rodeando mi cintura, y tus manos mirando mis senos con insultante delicada insinuación.
No soportaba ver su sonrisa clavada en mis labios y opaqué todo sin vacilar lo más mínimo.
Y me dejé caer, forzando a las sábanas a fundirse en un abrazo con mi espalda, con pesadez mal disimulada. Terminé lo que había empezado desprendiéndome del viejo vestido.
El rojo tiró del naranja y el naranja tiró del amarillo y los tres colores ardieron en perfecta sinfonía.
Arrojé mi vestido y el fuego hizo el amor con él hasta deshacerlo en ardiente deseo impuesto.
Cogí un cigarrillo y lo encendí, sentándome desnuda junto a la atracción que calentaba mi cuerpo con agrado. Agrado que por segundos se convertía en hostil desgarro.
Eché un fugaz vistazo a mi alrededor. Pasé una mano por mi cabello adolescente, enfadado y burlón; sonreí con seriedad mientras mi labio inferior se dejaba pisotear cual vasallo por mis dientes.
Y ahí quedé durante toda la noche, pensando en descoser la opacidad de mi ser. Pensando en tirar las sábanas al fuego para tener una absurda excusa para llamarte.
Pero no hice nada, salvo continuar dañando mi labio inferior. Hasta que un leve hilo rojizo se dejó caer con inocencia para perderse entre mis pechos.

domingo, 31 de marzo de 2013


Las gotas de su conciencia desataron  los rostros descosidos de su alma. Salta por palabras que en susurros se evaporan entre lágrimas mentoladas. Busca sonrisas  fracturadas  por tiempo que nunca existió más que en la mente del tiempo. Bebe de su locura y observa caídas de ojos que no la miran. Ojos que levantan la mirada para contemplar el camino abrazado por caricias y besos distantes. Besos que nunca tocaron unos labios y caricias que nunca rozaron la piel salpicada de deseo y temblor sudoroso.  No lee los versos de su sonrisa para no despertar a gritos a las manos que solo piensan en rodear su cintura incierta. Ya no extiende en su sexo la pasión de su desconcierto.  Pero aún puede entender los mensajes ocultos de su cuello. Aún puede abrazar a las noches que le arropa desde la lejanía de su miedo. Aún puede obligar a su cabello a girar despacio y burlón, de la mano de una sonrisa de despedida, mientras agarra con un hilo la luna, dejándola siempre atada a los pies de su cama, esperando que algún día, le ofrezca la respuesta que tanto espera.

domingo, 20 de mayo de 2012

Como experimentar en un laboratorio con un orgasmo.


Así podría decirse que fue.
Mover sus dedos con lentitud para observar la grandeza de lo pequeño no le sirvió en absoluto.
Solo le quedaba experimentar con lo inexistente.
Realmente resulta gracioso esto, porque, bueno...nunca tuvo nada, salvo cosas inexistentes. Y ni eso...ya que esas cosas a menudo le abandonaban con risotadas camufladas entre lentes opacas.
Peeeeeero (continúen como les plazca).
...
Y el orgasmo se alejó y ella sonrió para así poder abrazar esa mirada burlona fuerte entre sus brazos, de forma que le fuese imposible ser vista ni por el ojo más grande del mundo.
...
Y se quedó cubierta de (¡ni la mirada misma podría mirarse así misma! así misma, misma, mismamismamismamismamisma) de...qué diablos, se quedó cubierta de ella misma. Pringada en su ser. ¡En su maldito y perfecto ser!
Eso le gustó, y por fin comprendió y aceptó que el orgasmo había terminado. Pero no el orgasmo de su vida.
"Bienvenido, nuevo orgasmo, ya no necesitaré más este laboratorio mugriento".