domingo, 20 de mayo de 2012


Recorro mi pelo mientras miro cómo la bombilla lucha por mantenerse con vida.
Sonrío y me entran ganas de decirle que por mucho que lo intente, acabará apagándose para siempre. Pero entonces, de pronto, ya no me hace gracia; dejo de sonreír. Si la bombilla se apaga, me quedaré a oscuras.
Y así de egoísta soy. Me preocupa más el hecho de quedarme a oscuras que el hecho de que la pobre bombilla deje de iluminar para siempre.
Y éste estúpido suceso me sirve para exclamar al mundo lo mucho que me preocupa el miedo y lo poco que me preocupa la muerte. La gente suele unir los dos términos; la gente no sabe separar la maldita bombilla de la maldita oscuridad y, creo, que si mis facultades mentales no me fallan, son dos términos perfectamente diferenciables.
Pero claro, no todo el mundo usa bombillas de tan baja calidad...Ese será el motivo de que la gente no haya llegado a esa conclusión, eso, o que mi chifladura desencadenada en un repentino amor por los objetos inertes me hace ser más existencialosa que nunca. Existencialosamente existencialosa, y quien diga que esa palabra no existe, que pruebe a finalizar las palabras en “osa”, verá el vicio pedante que provoca.
Como decía, recorro mi pelo lentamente, sentada en el distante suelo de una habitación que hacía años se me antojaba mucho más pequeña.
Quizás debería ponerme algo más de ropa, o quizás debería terminar lo que he empezado; quizás debería asomarme por la ventana y sonreir a las patitas apresuradas de la calle. Seguro que se escandalizan, seguro que mi sonrisa se vuelve más enigmática que nunca. Seguro que alguien me guiña un ojo.
Ahora me apetece salir a la calle y pedir a gritos que alguien me guiñe un ojo...
Tengo un espejo enfrente de mí y, creo que debería mirarme todo lo que pueda antes de que la bombilla deje de iluminarme. Tengo que conocerme antes de que la oscuridad se apodere de mí.
Me miro y continúo tocándome el pelo delicadamente, mientras me muerdo el labio inferior con restos de carmín.
Lo soy; soy enigmática. Me siento como aquel personaje que creé hace tiempo que se masturbaba pensando en sí mismo. Me prometí a mí misma escribir algo acerca de aquel individuo salido de mi mente, y, hasta el momento lo único que he conseguido son varios versos sueltos y malos acerca de él. Los leo a menudo y son tan horribles que, vaya, creo que me he enamorado de ese individuo narcisista...A veces pienso si sería buen amante, hasta que caigo en la cuenta de que no existe; entonces me pongo triste.
No me conozco. No como me gustaría. Creo que aunque la bombilla se mantuviese con vida años y años, no acabaría de conocerme. E igual ahí reside lo bello de la vida, en no conocernos nunca lo suficiente.
Continúo mirándome al espejo y noto cómo la euforia de hace unos segundos desaparece rápidamente.
Vaya, parece que por fin la bombilla está a punto de dar paso a la oscuridad...
Me resulta graciosa la imagen que el espejo me ofrece. No soy nada, pero, a la vez nadie es más que yo. Nunca fui buena en nada, solo lo fui clavando uñas y mordiéndome el labio inferior; ni siquiera sé pintármelos bien.
No soy y soy a la vez. Ya no me apetece acariciar mi pelo divertido y revoltoso.
Me guiño un ojo a mí misma y suelto una breve risotada infantil.
Ya no quiero mirarme más, no lo necesito.
No hay bombilla; nunca la hubo. Era de día y, la habitación estaba bien iluminada.
Las metáforas a veces resultan divertidas.


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