Cada noche daba el grito de salida para que sus recuerdos le
acompañaran. No se sentía arropada por ellos, es más, le ofrecían almohadas
heladas y sábanas de cristal. Pero, los necesitaba cerca para que la luna y las
estrellas no se burlasen de ella y sus lentos parpadeos. Párpados carceleros de
lágrimas criminales.
Enfrentaba un pie con el otro desde su cama a la vez que el
telón de sus recuerdos subía.
Reía para que esos momentos del pasado no se aburriesen de
ella y decidiesen marcharse para siempre. Conspiraba con los labios de la
locura para que lo ilógico diese paso de una vez. Se cruzaba de brazos ante la incorporeidad
del silencio y, saltaba en su desgastado colchón hasta que el telón bajaba,
recordándola que por mucho que lo intentase, nunca un salto le llevaría hasta
esos mechones que no hace mucho le daban los buenos días, iluminados por el
primer rayo del sol.
Y cada noche gritaría, sí. Hasta que él apareciese a
su lado para taparle la boca con un beso,
diciéndole que dejase dormir por esa noche a los actores de la función de sus
recuerdos.
El telón no subiría
hasta que él marchara.
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